Ikkyu

Enviado por Alan Moore el Mar, 2008-01-15 19:54

Mucho se está hablando últimamente del cada vez más apabullante dominio del manga en el panorama del tebeo. Mucho se está especulando sobre sus razones, consecuencias y posibles vías de solución, como si el hecho en sí planteara problema alguno. En mi opinión –nada autorizada- no estamos más que asistiendo al inevitable , natural y deseable liderazgo de la que es, sin duda, la industria del cómic más desarrollada del mundo y por tanto, la que está llamada por derecho propio a ejercerlo. Y es que por más vueltas que le queramos dar al tema, lo cierto es que hoy por hoy no existe otra industria que se le pueda comparar en ningún aspecto: ni en grado de aceptación dentro de su propio país, ni en dimensiones de producción, ni en diversidad de géneros y propuestas o en la calidad media de sus productos. En este sentido el tebeo japonés es el único que posee la estructura y organización necesarias para garantizar la creación regular y sistemática de obras de calidad sin tener que depender de la aparición de talentos individuales, esporádicos y aislados. Es decir, la japonesa es la única industria del tebeo en el mundo que ha alcanzado la plena madurez, lo que le ha permitido adquirir la tan necesaria carta de naturalidad que la sitúa a la altura de otras industrias más reputadas, como pueda ser, por ejemplo, la del libro convencional. Así que creo que lo más deseable sería, precisamente, tomarla como punto de referencia y tratar de seguir y aprovechar su ejemplo hasta donde las diferencias lo permitan.

 

Un buen ejemplo de esta mayor madurez alcanzada por el manga lo podríamos encontrar en obras como Ikkyu de Hisashi Sakaguchi. Editada por Glenat en 4 tomos, de los que el primero es inencontrable en España –de momento, al menos, porque parece ser que los van a reeditar próximamente- Ikkyu narra la vida del monje japonés del siglo XV, hijo ilegítimo del emperador Go-Komatsu y supone un monumental esfuerzo por documentar una época que se nos presenta retratada minuciosamente en todos sus estamentos: políticos, religiosos, artísticos, económicos… Minuciosidad excesiva que constituye el único reparo que se le puede hacer a una obra por lo demás magnífica: Sakaguchi, en su inteción de contextualizar la narración, abruma al lector con datos y hechos históricos que, sin embargo, no consigue integrar de forma natural y fluida en la misma, llegando incluso a entorpecerla.

Porque, sí en algun lugar reside el verdadero interés de la obra, este no puede ser otro que en el seguimiento de las andanzas vitales y espirituales de Ikkyu; en los descubrimientos, conquistas, renuncias, fortalezas o cobardías de un personaje que se muestra francamente atrayente.

Como ya he mencionado, Ikkyu narra la historia del hijo ilegítimo del emperador Go-Komatsu que, tras la expulsión de su madre de la corte y debido a las penurias económicas , se ve abocado a ingresar en un monasterio budista. Allí pronto realizará los dos descubrimientos que marcarán el resto de su vida: la terrible corrupción que asola a la institución religiosa y la necesidad -por otro lado- de iniciar una incansable búsqueda que le permita hallar un camino espiritual alternativo. Esta búsqueda le llevará a abandonar todo contacto con los monasterios y a afianzarse en su individualidad. Así, Ikkyu se constituye, por encima de todo y en contra de lo que los preceptos clásicos del zen establecen, como una saludable reivindicación de la alegría de vivir y el derecho irrenunciable a disfrutar de los placeres que la vida nos ofrece.

En esta dirección, cabe resaltar dos momentos que bien pueden servir para ilustrar la filosofía de vida del personaje. El primero se produce cuando, siendo requerido por un campesino para que establezca su alternativa a los cinco preceptos del zen, Ikkyu le propone alegremente los siguientes: casa de placer, borrachera, borrachera, borrachera y borrachera.
El segundo, no menos antológico, tiene lugar cuando, en presencia de su ex-condiscípulo Yoso -ahora lider de un importante monasterio- y tras un largo discurso de este sobre el sentido del zen y el vacio de la vida, Ikkyu le ofrece como única respuesta un sonoro y elocuente pedo.

Por último y con respecto al apartado gráfico, decir que a pesar de que el estilo casi fotográfico de Sakaguchi dota al comic de un atractivo visual muy destacable, lo cierto es que la excesiva suavidad de las formas no son las más adecuadas para reflejar la época de horrores en la que se desenvuelve la obra. Tal vez le hubiera venido mejor un estilo más aspero, de líneas quebradas similar al de Goseki Kojima en El lobo solitario y su cachorro.

 

En definitiva, una obra verdaderamente excepcional que sirve de botón de muestra sobre el porqué de que el manga se esté comiendo por los pies a las demás industrias tebeisticas del mundo.

Puntuación: 9