
Los aficionados al cómic solemos tener la mala costumbre –yo mismo he caído frecuentemente en la tentación- de pretender elogiar al medio, cuando nos encontramos ante una obra más compleja y elaborada de lo habitual, otorgándole el dudoso privilegio de merecer la comparación con la novela, asumiendo de esta manera implícitamente dos realidades que no queda muy claro en base a qué es necesario asumir, a saber, que toda novela es siempre compleja y que toda novela esta siempre mejor elaborada que un cómic. Sin embargo, curiosamente, a nadie le da por decir, y sería exactamente el mismo tipo de estupidez, que aquél bien podría ser de igual manera considerado como una auténtica película, tal vez porque son tantas las malas películas que todos conocemos que aquí se nos hace más evidente el hecho de que eso no implica necesariamente una mayor calidad, ni aun siquiera un elogio para el propio cómic. Pues bien, por llevar un poco la contraria, y sin que pretenda insultar a nadie, empezaré mi reseña de
El país de las últimas cosas defendiendo que nos encontramos ante una novela que sin duda merece ser comparada con un auténtico tebeo. Al menos con alguno de esos típicos tebeos en los que se hace la recreación de una sociedad post-apocalíptica al borde de la extinción, del tipo de
Akira o
El último recreo, es decir, de una sociedad en descomposición donde toda forma de organización estructurada ha sido borrada por completo para dar paso a la más elemental y anárquica lucha por la supervivencia.
Auster nos introduce a través de la extensa carta escrita por su protagonista,
Anne Blume -una mujer judía que busca a su hermano desaparecido-, en un país agonizante donde como indica el propio título de la novela todas las cosas parecen encontrarse en su momento final, donde no existe perspectiva alguna de futuro, ni lugar para la esperanza. Nos hallamos, pues, en un mundo que parece haber agotado ya todas sus posibilidades, en el que la capacidad creativa , esa facultad intrínseca del ser humano que generalmente lo aleja del animal acercandolo a dios ha desaparecido completamente, dando lugar a unos habitantes que se debaten simplemente entre la inercia de la supervivencia o la búsqueda activa de la muerte –surgen clubes suicidas en los que sus miembros corren en bandadas hasta morir de extenuación, o saltadores, que terminan sus días precipitándose en el vacío; incluso son populares las clínicas de eutanasia-, sin que a nadie en esta sociedad distópica se le pase por la cabeza jamás embarcarse en proyecto alguno que pueda ser considerado ni remotamente productivo. Así la única manera de ganarse la vida es la de rumiar hasta la desintegración los últimos restos del naufragio, escarbando entre la basura o robando a los demás. Y es que aquí toda forma de iniciativa personal o social, toda forma de manifestación de la voluntad individual o colectiva ha sido sustituida por una vacua indiferencia hacia cualquier otra región o potencialidad de la existencia humana. De hecho es tal la indiferencia que, contra toda lógica, en este mundo de mera supervivencia la violencia apenas hace acto de presencia, posiblemente porque para ejercerla es necesario un sentimiento intenso hacia quien la sufre, algo inimaginable entre los ciudadanos del
país de las últimas cosas. Estamos por tanto ante un mundo, tal vez el cenit y la culminación de la sociedad capitalista, en el que el impulso vital se agota con el consumo de las cosas, no habiendo espacio para la búsqueda de un significado o el estrechamiento de lazos afectivos, predominando así la total alienación de sus miembros. En este sentido apenas encontraremos excepciones a lo largo de la novela, suponiendo posiblemente la más llamativa la irrupción del amor en la relación entre
Anne y
Sam, algo que aun es posible debido única y exclusivamente al hecho de que ambos son extranjeros y todavía no han sido vaciados por completo de las caracteristica inherentes a su condición humana. De hecho el romance servirá para terminar de sacar a
Anna de letargo en el que se había ido precipitando poco a poco desde su llegada a la ciudad. Un letargo del que empieza a escapar en el momento en que mantiene su primera relación humana digna de ser llamada como tal, es decir cuando salva y se hace cargo de
Isabel. Es sólo entonces cuando intuye las que posiblemente sean las dos únicas maneras de redención en este mundo: la interrelación afectiva con los semejantes y la invención de un sentido para su vida. No es casual que sea a partir de ese momento cuando
Anne inicie el diario que sirve de excusa para la narración. Como tampoco lo es el hecho de que
Sam tenga por objetivo principal el de escribir un libro con el que contar su experiencia en el país, o que el encuentro entre ambos se produzca en una biblioteca, es decir rodeados del último bastión de la palabra y el significado, el libro. Y tal vez sea eso lo que buscan ambos, dotar a sus vidas de una unidad narrativa que las salve del vacío, atribuyéndoles un sentido, una finalidad, una lógica. Y tal vez sea ese también el camino que nos propone
Auster frente a la banalidad de la sociedad de consumo feroz en la que vivimos los países más desarrollado, frente a la estúpida pretensión de llenar nuestras vidas exclusivamente a través de cosas materiales: ahondar en las relaciones humanas y no desfallecer jamás en la busqueda de un significado para la existencia.
En fin, lo dicho, una magnífica novela que es digna –sin pretender encasillar al medio en los parámetros de ningún genero- del mejor cómic.
