Unos días de verano de un monitor de ajedrez

Enviado por Paco el Vie, 2006-09-08 22:10

Ajedrez en el campamento 2    En la pequeña localidad onubense de Cala, de apenas 1500 habitantes, está situada la Granja – Escuela “La cañá del corchuelo”. En ella, durante 15 días, la Fundación “Ruy López” estuvo presente, representada por el que esto escribe, Francisco Macías, con la intención de promover entre los jóvenes el  juego del ajedrez.
 
    La Granja Escuela dispone de varias cabañas en las que pueden pernoctar hasta 55 personas. También disponen de varias naves, en una de ellas es donde se realizan la mayor parte de los talleres, y hay otra donde alojan a los animales. Es destacable el huerto, pues va unida a la filosofía de que todo sea natural, o sea, evitando cualquier tipo de producto pesticida, los elementos que se usan para abonar a la tierra son el estiércol de los animales y el “compost” obtenido de la fermentación de los residuos orgánicos. Después la amplia variedad de talleres de que disponen, hacen de éste campamento un lugar verdaderamente entretenido, donde el aburrimiento no tiene cabida. Más información al respecto la pueden obtener en www.tierradesophia.net 
 
     Intentaré narrar lo mejor posible como fueron esos días en el campamento, pero aviso, no estoy acostumbrado para nada a escribir este tipo de artículos, ya que mi “especialidad” es escribir sobre ajedrez, así que espero que perdonen mis errores.

 

Desde que llegué el primer día, procuré hacerme un hueco entre tanto monitor, entre tanto crío desconocido y ver cual era el espacio físico con el que contaba para dar las clases de ajedrez. No conocía a nadie, ni tan siquiera a los alumnos, así que imagínense lo desubicado que uno se puede encontrar en tales circunstancias. Me presentaron a mis alumnos y empecé desde ese momento a enseñarles los rudimentos del juego, pero la hora de la clase se acabó rápidamente y ellos tuvieron que prepararse para la cena, nuevamente estaba sin nada que hacer, y pensaba para mis adentros :”Que largas se me van a hacer estas dos semanas”. Después de la cena hubo unas actuaciones de un grupo de chavales que se marcharían al día siguiente, así que dentro de lo que cabe, pasé la tarde-noche de una forma agradable.

 

A la mañana siguiente ya me sentía un poco más integrado, tanto con los monitores y personal del campamento, como con los chavales que pululaban por allí, ayudándoles en sus tareas domésticas o simplemente respondiendo a sus dudas.

 

Cuando ese grupo se marchó del campamento y nos quedamos apenas 12 personas, más los monitores, a mí me entró cierta tranquilidad: por fin iba a poder presentarme en condiciones y, sobre todo, iba a saber quienes realmente estaban interesados en aprender de las clases de ajedrez (que para eso había ido allí...), pero eso todavía tendría que esperar unas horas, pues uno no se podía negar a darse un buen chapuzón en la piscina municipal con la que estaba cayendo...

 

No me podía creer que, después de la piscina, tantas personas quisieran recibir las clases de ajedrez, hasta algún monitor me pidió que le enseñase a perfeccionar su arte en el juego. Esto hizo que mis funciones de monitor de ajedrez variasen, pues si mi primera idea era la de impartir unas clases a un nivel de perfeccionamiento, ahora venían a ser clases de iniciación. Pero de qué me podía quejar, si de lo que se trataba era de promover el juego del ajedrez y, ante tal circunstancia, estaba haciéndolo como se me pidió.

 

Tras un primer fin de semana intenso, pedí información acerca de alguna ruta por las dehesas de Cala, también me valdrían para “desconectar” un poco de los chavales, pues algunos de ellos te dejaban hecho polvo con toda esa energía que tienen y que necesitaban expulsar con infinidad de juegos.

 

En esa ruta me dí cuenta que el Parque natural de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche, era un lugar para visitar con mucha más tranquilidad. En mi pequeño paseo vi que era Cala una zona que vivía del corcho de los alcornocales centenarios que había por doquier, y que de la ganadería brava y de la ganadería porcina también sacaban beneficios. Me gusta que todavía queden zonas por las que pueda uno pasear sin tropezarse a ningún humano. Aunque encontrarse a algún gato montés en mitad de la dehesa es bastante raro, te puede pasar si vas en silencio y el animal no te percibe con su fino olfato. Tuve la fortuna de tropezarme con algún regatillo, que, todavía y a pesar de la pertinaz sequía, llevaba agua, permitiendo que las ranas pudieran sumergirse en el líquido elemento. Como no salí muy temprano y el calor empezaba a azotar, regresé al campamento rápidamente, prometiéndome a mí mismo que tendría que hacer otra ruta más por la zona.

 

Tras comer, y mientras los chavales se entretenían viendo una película de su género preferido (la animación), yo descansaba en mi cabaña gracias al aire acondicionado que había, permitiéndome dormir plácidamente durante una hora más o menos, hasta que llegaba mi hora preferida: la de la piscina; y es que no recuerdo una segunda quincena de agosto tan calurosa en tantos años vividos.

 Ajedrez en la piscina

A partir de ese día el tablero de ajedrez nos acompañó para mitigar las horas que estábamos en el recinto municipal, ¡pues no iba uno a estar todo el tiempo metido en el agua! Acabáramos... 

 

El caso es que con el tiempo se volvió una tradición y al final, ante tal demanda, tuvimos que llevar un par de tableros, pues ya venía cualquier vecino del pueblo a echar una partidita con los del Campamento y no eran solo críos, alguno ya peinaba alguna que otra cana.

 

Para ver como era un día normal en la vida del campamento narraré ahora cuales eran las actividades que llevaban a cabo:

 

Los chicos tenían desde primera hora de la mañana obligaciones, como era la de ordenar su ropa, hacer su cama y quedar entre todos la cabaña bien limpia. Después de hacer esto (que costaba Dios y ayuda) ya podían desayunar, pero debidamente organizados y siempre que, cuando acabasen, que cada uno se hiciese responsable de su vaso, plato y cubierto para que entre todos se recogiese la mesa y no quedase nada allí tirado.

 

Lo habitual después del desayuno era ir al huerto a regarlo, a recoger sus frutos, a quitar malas hierbas...No era algo que les entusiasmase mucho, sobre todo por que el calor que a esa hora de la mañana ya era bastante fuerte, pero lo hacían.

 

Más voluntariosos iban hacia la nave donde guardaban los animales. En realidad se quedaban pasmados mirando los huevos de las tórtolas, o dando de comer alguna brizna de hierba a los conejos en su jaula, aunque se solían despistar, pues alguna que otra vez se les llamaba la atención para que cumpliesen su función de dar de comer y beber a los animales. Ocurrieron muchas anécdotas en ese lugar, y la más impresionante fue ver como al macho de la cabra se le dió excesiva comida y cayó en redondo. Fué más divertido el día que montaron en la yegua. El monitor “enseñó” a la yegua el camino que debía de tomar para no tener que ir todo el rato con ella, el primer chico que se montó pesaba poco y la yegua decidió irse a comer al establo “ya que pasaba por allí... y si no tengo a nadie que pasear”, se le llamó al orden y regresó.

 

El segundo ya era mayor y se le dió la responsabilidad de tomar las riendas de esta, pero no funcionaba; no sé, me temo que estaba un poco descoordinado, pues le daba ordenes confusas y consiguió que la yegua se parase, consiguiendo una sonrisa de todos los que mirábamos.

 

Esas dos actividades eran casi diarias, y, después, se alternaban durante la semana con el rocódromo (que a éste que les escribe casi le cuesta un tirón en el costado en su afán de ayudar a los jóvenes), el tiro con arco, y que dejó en evidencia la puntería de muchos e incluso la tirria que le tenían al huerto, pues algún tomate apareció agujereado días después. Los talleres de velas, tratamiento del cuero, globoflexia, alguna fiesta del agua, de la que me escabullí habilidosamente...

 Grupo disfrazado

Por las tardes, además de la consabida salida a la piscina, les buscaron otra actividad, una tan física y tan española como ir a echar un partido de fútbol, echando media bilis, sudando por los cuatro costados, quedarte en evidencia al ver que ya no corres como un chaval, que no chutas ni regateas como ellos, pero que disfrutas haciéndoles alguna trampilla y, sobre todo, gozas al ver que ellos se lo pasen bien, de que no le den importancia al resultado y de que la deportividad reinase por encima de todo.

 

Y alguna actividad cultural como subir al Castillo – Fortaleza árabe, que se encuentra en ruinas, y que si merece la pena de subir es para ver la inmejorable vista panorámica del valle que rodea a la población de Cala. Se divisa el Monasterio de Tentudía, punto más alto de la provincia de Badajoz, o se distinguen claramente las zonas que no son parque natural,(Sierra de Aracena y Picos de Aroche), pues el verdor de los pinos y eucaliptos delatan claramente que no son especies autóctonas. También se ve que el “progreso” en forma de “dúplex” ha llegado a la población de Cala, creando una nueva arquitectura y rompiendo la uniformidad del entorno de la población onubense. También me sorprendió ver en una población con tan pocos habitantes, un polígono industrial ... se ve que es una población dinámica.

 

Durante las horas después de la cena también se les obligaba a participar en algunas actividades, evidentemente eran más festivas, de pura diversión; en ocasiones salíamos a que jugasen en la plaza, o íbamos al cine a cielo abierto a ver películas de dibujos animados, quedándose muchos de ellos auténticamente muertos de sueño. En otras se les dejaba que pusiesen su música preferida para que demostrasen sus dotes de artistas, ya fuese bailando o cantando, hasta que por fin llegaba la ansiada hora en que se iban a acostar.

 

La verdad es que uno llegaba tan cansado, que no le apetecía mucho más que dormirse también, pero, con tal de desconectar de los chicos, te quedabas un rato hablando de otra cosa que no fuera “culo, caca, pis”. Eran momentos de tranquilidad, de escuchar a ese cárabo ulular por el campo, del clásico cri-cri del más típico insecto de este país, de la enorme cantidad de perros que hay en ese pueblo y que no paran de ladrar en toda la noche, de admirar las noches estrelladas y sin luna, y así tratar de adivinar las constelaciones que hay en el cielo.

 

Y así pasaron los días, al principio muy lentos y al final rapidísimos, pues ya te habías adaptado a la personalidad tanto de los chicos como de los monitores. Habíamos, casi sin querer, formado una pequeña familia y, que después de pasar tantas horas juntos, nos veíamos abocados a despedirnos y a saber si algún otro día nos cruzaríamos en nuestras vidas y si nos reconoceríamos. En cualquier caso, así son estas cosas, duras al principio y duras al final, pero en el medio las disfruté como nadie.

 

Pienso que esta experiencia fue inolvidable para los chicos, realmente ellos se han sentido a gusto con nosotros y al revés, que cuando toque hacer balance en la Fundación “Ruy López” sobre este campamento, hablaré larga y extensamente sobre la conveniencia de repetir esta agradabilísima experiencia, y que el sitio donde lo hagamos tiene todo mi apoyo. No puede ser otro que la Granja Escuela “La Cañá del Corchuelo”.

 

Galería de Fotos del Campamento.

 

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